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  • A continuación veras el siguiente tema de la Juventud desafía nuestra acción pastoral ,y partiendo de ella realizar un breve comentario de las resonancias que te ha dejado esta herramienta, y cómo es aplicable a tu vida.






La Juventud que Desafía Nuestra Acción Pastoral


 En este artículo el autor confronta tres elementos de la acción pastoral: la realidad juvenil, la propuesta de los procesos educativos en la fe y las actividades realizadas con los jóvenes, encontrando los aspectos que favorecen y aquellos contraproducentes para una sana formación vocacional. Más que respuestas, se encuentran cuestionamientos de fondo a los que se les debe hacer frente con la clara intención de favorecer la actualización y revitalización de los procesos pastorales, logrando el surgimiento de una futura generación de adultos que estén comprometidos con Dios, consigo mismos, con la Iglesia y con el mundo.

Néstor A. Briceño L, SDS.
Caracas, 21 de octubre de 2009


Al invitarme a este encuentro, los organizadores me pidieron les hablara sobre la realidad juvenil, pero no desde la perspectiva ya conocida por todos, es decir la cultura juvenil postmoderna, la tecno juventud y todos estos aspectos, sino desde la experiencia pastoral, buscando responder a la pregunta ¿qué estamos haciendo mal en la pastoral juvenil para que no haya vocaciones?
No nos han dado mucho tiempo para esta iluminación, por lo que no me pararé en detalles e iré directamente al grano.
Una pregunta que contiene en sí misma la respuesta
El cuestionamiento que ha motivado esta charla seguramente ha resonado en muchísimas comunidades: tanto esfuerzo invertido en la pastoral vocacional, tantos recursos gastados en pastoral juvenil… y no nos llegan vocaciones nuevas.
Por otra parte, nos esforzamos por “hacer vocacional” la pastoral juvenil, demostrando que no hemos entendido ni lo que es una pastoral ni la otra.
Definitivamente sí estamos haciendo muchas cosas mal en la pastoral juvenil y la primera de ellas es verla separada de la pastoral vocacional. Toda pastoral juvenil debe ser en sí misma vocacional, entendiendo este último término en un sentido amplio que va desde el descubrimiento del llamado a la vida, pasando por la escucha del llamado al amor de Dios y desembocando en una respuesta concreta a estos dos llamados en la toma de una opción de un estado de vida específico y una profesión. Cualquier cosa que lleve a un proceso distinto al anterior será una pastoral juvenil incompleta.
Proceso de pastoral juvenil vocacional
Aquí encontramos una palabra interesante: “proceso”. Desearía que en este momento olvidemos los propios caminos vocacionales, pues somos una generación muy distinta a la actual, y hagamos el esfuerzo de ubicarnos en el ser y sentir de nuestros jóvenes. La mayoría de ellos viven en familias desintegradas, donde se ha dejado de lado la formación religiosa y los ritos comunes no se conocen. La vida familiar, entendida como estar reunidos en el momento de las comidas o para conversar y comentar distintas realidades, es una verdadera rareza en nuestros días. En esta rápida visión ya encontramos tres características reales de nuestros jóvenes: inmadurez afectiva debido a las historias personales; desconocimiento religioso o, en el mejor de los casos, una catequesis recibida y olvidada; y la incapacidad de hacer vida comunitaria, por lo que no dan importancia a los momentos de intimidad con una comunidad primaria. Como consecuencia, encontramos en los adultos jóvenes, parejas que pronto se fracturan y frágiles vocaciones religiosas, iglesias católicas vacías y cultos evangélicos cada vez más crecientes, individuos que viven sumergidos en la soledad con verdaderas dificultades de relación profunda a nivel personal.
Tal vez piensen que estoy exagerando, pero les pido nuevamente que no piensen en ustedes ni en el uno por ciento (y creo que estoy siendo demasiado optimista) que participa con nosotros ordinariamente, sino traigan a su memoria la cantidad de jóvenes que encontramos en liceos y colegios cuya mayoría vive las características antes mencionadas.
Pero, ¿qué tiene que ver lo anterior con los “procesos”?
Realmente, todo.
Antiguamente, en la familia se vivía un proceso de crecimiento en la fe, el cual se consolidaba en la iglesia parroquial y daba así cabida a variadas respuestas vocacionales. ¡Atención! Cuando digo “antiguamente”, no me refiero a la experiencia en toda Venezuela, aunque sí podríamos hablar de los Andes y alguna zona más, sino a otras latitudes, de cuyas vocaciones se ha nutrido nuestra Iglesia desde 1498. Este proceso “vocacional” se daba prácticamente por ósmosis, pues ya desde la cuna se brindaba la fe eclesial. Así, en primer lugar, el niño descubría el amor humano y mediante la prédica de los padres, maestros y catequistas desarrollaba la fe hasta experimentar el amor divino; posteriormente encontraba en la Iglesia un espacio dónde relacionarse con los demás y ayudar de manera concreta, terminando por comprometerse, en una cierta continuidad, con la vida parroquial.
Encontrando al joven real, al que invitamos en la calle para que participe de nuestros grupos juveniles, entonces vemos que ese proceso iniciado antaño en la familia y desde la cuna, debe ahora construirse en el grupo eclesial y desde la adolescencia. Por eso, los pastoralistas latinoamericanos hemos optado desde hace casi dos décadas por aplicar al trabajo con jóvenes un proceso que se ha sistematizado desde la propia experiencia. Estas son las etapas del proceso de educación en la fe (PEF), el cual está recogido en “Civilización del Amor. Tarea y Esperanza” y un centenar de libros más[1]:
1.       Etapa de Nucleación: en un primer momento los jóvenes son convocados para formar grupo juvenil. Es el período donde surgen las relaciones humanas básicas en el grupo y se debe trabajar la fundamentación del ser personal de cada uno de los miembros, haciendo referencia siempre a la amistad profunda que se encuentra en Jesús de Nazaret. Allí los jóvenes deben poseer una claridad sobre los objetivos a los cuales fueron convocados, logrando una cierta estabilidad.
2.       Etapa de Iniciación: es el momento en el cual el grupo ya ha comenzado su trabajo como tal. Como el mismo nombre de la etapa lo dice, los jóvenes comenzarán a descubrir varios aspectos importantes de su vida y de la fe, buscando profundizar en las relaciones afectivas, espirituales y sociales. Podemos apuntar algunos procesos que se dan en esta etapa, siguiendo el orden presentado a continuación:
a.       Descubrimiento de sí mismo;
b.      Descubrimiento del grupo;
c.       Descubrimiento de la fe y del Trascendente;
d.      Descubrimiento de la Iglesia como una estructura mayor;
e.      Descubrimiento de la sociedad;
f.        Descubrimiento del propio proceso;
g.       Respuesta crítica a la sociedad.
3.       Etapa de Militancia: en esta fase los jóvenes ya han encontrado su lugar en el mundo tanto individual como grupalmente, por lo que conformando una comunidad eclesial se transforman en gestores de acciones concretas que impacten a la Iglesia y a la sociedad. De esa manera se comprometen con otras instancias religiosas, sociales o políticas donde vivir su vocación específica.

¿Pastoral Juvenil o Adolescente?
Como se ha visto, el proceso anterior apunta a una longitud en el tiempo no menor de tres años y puede llegar hasta a diez, siendo el promedio ideal unos cinco años. Aunque mi experiencia personal con esta generación es que no pasan más de dos años en un mismo grupo, por lo que se reta nuestra imaginación para crear distintos ambientes que continúen la continuidad pedagógica iniciada.
Y al hablar de tiempo nos encontramos con otra dificultad. Estamos presentando la Pastoral Juvenil, pero constatamos que la mayoría nuestros grupos parroquiales y colegiales son de Pastoral Adolescente. Claro, eso no sería ningún problema si los tratáramos como tales, pero muchas veces queremos que el adolescente tome una decisión para la cual aún no posee la madurez psicológica ni espiritual.
Me detengo un momento aquí para explicarlo mejor.
Definamos la adolescencia como esa etapa en la vida en la cual se encuentra la primera crisis importante; surgen las preguntas existenciales con una fuerza singular: ¿quién soy yo? ¿qué hago en este mundo? ¿hacia dónde voy?
En cuanto a la edad, se habla hoy en día en nuestra cultura de una adolescencia prolongada, adelantándose su inicio y retrasándose su final. Por eso, algunos opinamos que la adolescencia comienza hoy alrededor de los 13 años y termina hacia los 19.
Para decidir por una opción vocacional de estado de vida, el joven debe haber superado las características propias de la adolescencia, a saber, el estar centrado en sí mismo y la búsqueda de ajuste entre la realidad y el mundo subjetivo interior. En las sabias palabras de San Ignacio de Loyola en cuanto al discernimiento de espíritus: “en tiempo de crisis, ni cambios ni mudanzas”.
Encontramos entonces otra praxis que hoy en día no es adecuada aunque lo fuera en otros tiempos, en los cuales el tiempo de la adolescencia era diferente: llevar al adolescente a tomar decisiones vocacionales que afectarán todo su futuro.
Los padres Rulla, Imoda y Ridick, nos recuerdan que la decisión del seguimiento radical de Jesucristo debe enraizarse psicológicamente en una consistencia entre los valores evangélicos, los valores profesados y los hechos de la vida personal[2]. Hacia allí debe tender la formación en el grupo juvenil, logrando una cierta madurez cristiana y humana antes de que el muchacho o la muchacha tengan una experiencia en la comunidad.
Para lograr esa madurez humana debemos brindar todas las herramientas a nivel psicológico que estén en nuestras manos para que los jóvenes puedan responder libremente al llamado que le comprometa a un estado de vida pleno. Esto debemos hacerlo no únicamente para un grupo selecto que ha optado por compartir nuestra vida religiosa, sino por todos los jóvenes que están en nuestros grupos juveniles. Repito, se debe hacer antes de invitarles a vivir con nosotros. También les recuerdo que nuestra tarea en la pastoral vocacional es que los jóvenes encuentren su vocación, por ello, al formarles como personas estamos brindando las herramientas para el surgimiento de santas familias y santos religiosos, religiosas y sacerdotes.
La respuesta socio política
Nos encontramos frente a una juventud que puede ser profundamente solidaria o duramente egoísta. No es novedad la cantidad de jóvenes asesinados en nuestros barrios ni la participación de muchos de ellos en bandas como medio de supervivencia. Tampoco es secreto para nadie que nos encontramos frente a una juventud que ha crecido desde muy jóvenes en un ambiente de verdadero odio político.
Ante esto encontramos dos actitudes: el dejar pasar las cosas, teniendo una reacción de rechazo a través de las artes, o comprometerse con las diversas situaciones humanas ya sea mediante obras sociales apoyadas por fundaciones fuertes o en movimientos políticos, la mayoría de ellos no partidistas pero sí con una opción política clara a favor o en contra del gobierno actual.
Como dato curioso, quisiera compartirles que hace dos años, en una pequeña investigación realizada por el Instituto de Pastoral Juvenil de Venezuela, encontramos para sorpresa nuestra, que los jóvenes pertenecientes a grupos eclesiales constituidos en su gran mayoría no participaban de manifestaciones políticas ni por uno ni otro bando, alegando que eso no era para ellos. Es preocupante constatar que los procesos de Pastoral Juvenil no están desembocando en compromisos socio políticos basados en la fe, mientras que la mayoría de los jóvenes comprometidos a ese nivel lo hacen por razones que nada tienen que ver con la trascendencia.
La religiosidad juvenil: una tendencia natural
Los jóvenes de hoy ciertamente tienen una tendencia a lo sobrenatural. Es parte de las características de la sociedad actual. También se debe reconocer que al volcarse la mirada sobre lo humano, una especial sensibilidad hacia lo divino permanece. Sin embargo, esto no quiere decir que sean más religiosos. Ellos buscan ajustar la religiosidad a sus parámetros personales y se identifican con quien mejor encarne el estilo de fe que para él o ella es ideal.
Comento este aspecto para que podamos ubicarnos en el contexto en el cual deseo enmarcar el siguiente apartado.
Lo que hemos olvidado al decir “vengan y vean”
Definitivamente, uno de los mejores medios para descubrir la vocación a un estado de vida en la Pastoral Juvenil es imitar a Jesús en el llamado a sus primeros discípulos: vengan y vean. Así lo hacen muchos, pero hemos olvidado algunos aspectos importantes de ese método.
En primer lugar, al fijarnos en el texto bíblico (Cfr. Jn 1,35ss.) la respuesta de Jesús es precedida por un señalamiento de Juan el bautista: éste es el cordero de Dios. Ese anuncio no es meramente un romanticismo pospascual; es el reconocimiento de Jesucristo como Mesías, como cordero sacrificado en la nueva Pascua. Los discípulos, como buenos judíos, sabían que seguirle no sería cualquier cosa, pues ya la expectativa mesiánica estaba presente en ellos, por lo que realmente compartían el mismo ideal de Jesús: la manifestación de la plenitud del Reino de Dios, estando dispuesto a todo por ello. 
No sé si los chicos y chicas a quienes invitamos a nuestras experiencias de “vengan y vean” tienen una conciencia similar a la de los apóstoles en ese momento. Estas experiencias deben surgir como parte de un proceso en el cual el mismo joven la pida: los discípulos fueron quienes preguntaron ¿Maestro, dónde vives? A nosotros, a lo sumo, nos tocará hacer como Felipe anunciando a los jóvenes: Hemos encontrado al Mesías.
Pero ese anuncio presume que el otro comparte el mismo ideal por la venida del Reino de Dios. Sin embargo, con una juventud que vive realmente entre el miedo y el deseo[3], donde la simple idea del sacrificio espanta y el hedonismo se encuentra a la orden del día, se hace necesario formar en una espiritualidad cristiana donde la cruz adquiere su nivel salvífico, haciendo plena la entrega humana, tocándose con la experiencia de la entrega divina.
Un segundo aspecto que debemos cuidar es nuestro testimonio de vida. Ciertamente somos comunidades humanas, pero muchas veces nos hemos escondido en falsedades para excusar nuestras mediocridades. Si algo continúa vivo en la juventud actual es el deseo de autenticidad, por lo que nuestras comunidades deben mostrarse abiertas al don del Espíritu, en constante conversión. Podemos tener las mejores técnicas vocacionales, pero sin el testimonio de toda la comunidad, ningún joven (digo verdaderamente joven) se atreverá a embarcarse con nosotros en esta aventura. La fidelidad a la originalidad de nuestros carismas y al llamado primero de cada uno es esencial. Por eso, aprovecho para recordar que la pastoral vocacional comienza por la propia comunidad y la apertura a la pastoral juvenil renueva nuestra vida comunitaria.
Por otra parte, Jesús no llama a los apóstoles a tapar huecos o a hacer el trabajo sucio de las Iglesias, como muchas veces hacemos con nuestros jóvenes. Una verdadera pastoral juvenil respetará al joven que venga, lo escuchará, buscará cubrir primero sus necesidades y el servicio brotará posteriormente al encuentro con Cristo. No olvidemos esto en nuestro quehacer pastoral.
Cuidado con los escapistas
Nuestros jóvenes tienen hoy en día una gran tentación: la necesidad de reconocimiento y poder. Cada uno ansía ser “alguien en la vida” y, uniendo esta experiencia a las carencias afectivas de la juventud actual y a la deformación del rol de la sexualidad en el ser humano, las comunidades religiosas se pueden convertir en el ambiente perfecto para cualquier tipo de extravagancia.
Nuestras ambiciones por tener más vocaciones y el desespero porque “nos estamos acabando” lejos de ser buenos consejeros al momento de la elección de los vocacionados para la vida consagrada, nos nublan la visión espiritual. Si el joven ha vivido su proceso en un grupo juvenil, entonces habrá sido posible detectar allí cualquier mota que empañe la recta intención en su vocación. La homosexualidad y la depresión, tan común en las calles de nuestras ciudades, así como otras desviaciones del ser plenamente humano, se ven muy frecuentemente en nuestras casas de formación y seminarios. De ello no podemos culpar a los jóvenes, sino asumir nosotros nuestra responsabilidad por no coordinar esfuerzos entre la pastoral juvenil y vocacional, mirando todos hacia un mismo horizonte común que es lograr la perfección para los jóvenes.
Pistas para una conclusión
Hay mucho más que decir, pero el tiempo se ha hecho corto, así que ahora apuntaremos hacia algunas conclusiones que nos ayuden a enfrentar estos desafíos callados pero, a la vez, lanzados por nuestros jóvenes.
En nuestra Iglesia no hay crisis vocacional. Tal vez hoy, más que nunca, los laicos van asumiendo roles protagónicos en la vida eclesial y, también de esta manera, se va santificando el mundo. Por lo tanto, la crisis no es de vocaciones, sino de una vida consagrada anquilosada que no está respondiendo a la llamada radical de vida cristiana que hoy sienten los jóvenes en sí. Muchas veces nos quedamos con la defensa de la “estructura religiosa” olvidando la “vida” como tal, y eso espanta a los jóvenes[4].
Por lo tanto, la pastoral juvenil, impregnada plenamente del aspecto vocacional, debe enamorar a los jóvenes de los ideales de Cristo, poniéndoles en contacto personal con el único que les dará respuesta a las inquietudes más profundas a través de una formación espiritual, en contacto con la Palabra de Dios y la oración. La juventud sigue teniendo sed del Dios vivo, pero no saben cómo saciarla; nuestro trabajo es llevarlos a la fuente de la Vida.


[1] Cfr. CELAM (1995). Civilización del Amor. Tarea y Esperanza. Publicaciones CELAM, Santafé de Bogotá. También se recomienda BORAN, J. (1995). El Futuro tiene nombre: Juventud. Editorial Paulinas, Santafé de Bogotá.
[2] Cfr. RULLA, L.M - IMODA,F – RIDICK, J. (1995). Phychological structure and vocation. Editrice Pontificia Università Gregoriana, Roma.
[3] Cfr. MANENTI, A. (1988). Vivere gli Ideali. Fra paura e desiderio/1. Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna.
[4] Cfr. RULLA, L.M. (1997). Antropologia della Vocazione Cristiana. III-Aspetti intrapersonali. Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna. 

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